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Llorando está Manzanares

Describe el río Manzanares, cuando concurren en el verano a bañarse en él.

 
Llorando está Manzanares,
al instante que lo digo,
por los ojos de su puente
pocas hebras hilo a hilo.

Cuando por ojos de agujas
pudiera enhebrar lo mismo
como arroyo vergonzante,
vocablo sin ejercicio.

Más agua trae en un jarro
cualquier cuartillo de vino
de la taberna, que lleva
con todo su argamandijo.

Pide a la fuente del Ángel,
como en el infierno el rico,
que con una gota de agua
a su rescoldo dé alivio.

No llueve Dios sobre cosa
suya, a lo que colijo,
pues que de caliente queman
las migas de su molino.

En verano es un guiñapo,
hecho pedazos y añicos;
y con remiendo de arena,
arroyuelo capuchino;

Florida toda la margen
de jamugas y borricos
de damas, que con carpetas
hacen estrado el pollino.

al revés de los gotosos,
ya no se mueve, estantío,
pues de no gota es el mal
de que lo vemos tullido.

No alcanza a la sed el agua
en su madre a los estíos,
que facistol de chicharras
es la solfa de lo frito.

Pues no aprende lo aguanoso
de tan húmedos resquicios,
no saldrá, de puro rudo,
en su vida de charquillos.

Suenan tragos y bocados
entre matracas y silbos,
y llevan el contrapunto
las gromonas y zollipos.

Con poco temor de Dios
los mondongos, por lo limpio,
pretenden para las pruebas
el ser actos positivos.

Por haber faltado el ante
con las levas que se han visto,
todas las meriendas llevan
sus coletos de pepinos.

Los más en los salpicones
de carrera dan de hocicos;
en disciplina del sorbo
son abrojos los chorizos.

En camisa, por ir presto,
van no poco palominos;
y sin Marta algunos pollos
ya de ser suyo ahítos.

Rábanos y queso y bota,
en la gente del grodillo,
dan más trabajo al gaznate
que copones cristalinos.

Agora se está una dueña
desnudando el Ab initio
haciéndoles encreyentes
que es el Jordán a sus siglos.

Yo le considero aquí
muy poblado de bullicio,
coche acá, coche acullá
y metido a porquerizo.

Tres carrozas de tusonas
perdiendo van los estribos,
con pecosas y bermejas,
nariz chata y ojos bizcos.

Aguardando están la noche
un potroso y un podrido,
para sacar a volar
uno parches, y otro el lío.

Una doncella que sabe
que se le ahoga su virgo
en poco agua, le salpica,
escarbándola a pellizcos.

Aun en carnes, una flaca
es el miércoles corvillo;
una gorda, el carnaval
con mazas del entresijo.

Dos piaras de fregonas
renuevan el adanismo
compitiendo sus perniles
los blasones del tocino.

Dos estudiantes sarnosos,
más granados que los trigos,
con Manzanares se muestran
si no clementes, benignos.

El barbón y los bigotes
se enfalda un jurisperito,
por no sacarlos después
con cazcarrias en racimo.

Una vieja con enaguas
va salpicando de hechizos,
con dos pocilgas por ojos,
por espinazo un rastrillo,

por piernas un tenedor
y por copete un erizo,
por tetas una bizazas
y por cara el Anticristo.

Una fea amortajada
es su sábana de lino,
a lo difunto se muestra
Marimanta de los niños.

Con azadones y espuertas,
son gabachos y coritos
sepultureros del agua
en telarañas de vidro.

Con sus capas en los hombros,
y en piernas, algunos mizos
pescan de los nadadores
en la orilla los vestidos.

En redrojos de rocines,
entre caballeros finos,
con sombreros de color
andan hidalgos postizos.

Prebendados en sus mulas,
galameros del atisbo,
echan el ojo tan largo
galosmeando descuidos.

Anda en menudos Pilatos,
repartido en cuatro o cinco
alguaciles, que avizoran
pendencias y desafíos.

Un médico, de rebozo,
va tomando por escrito
los nombres de los que cenan
fiambrera y beben frío.

Acuérdote que ha tres años
que dejó de ser Narciso,
por falta de agua en que verse,
la zagala por quien vivo.

En el ampo de la nieve
dos orientes encendidos,
portento de hielo y fuego
non plus ultra de lo lindo,

sobredorada su frente
con las minas de los indios,
de las pechugas del sol
la guedejas y los rizos.

De llamas y nieve en paz
era todo su edificio;
el hielo le vi volcán
el volcán le vi florido.

Con tocarla tomó el agua
cantáridas, note el pío
lector, estando con ella,
lo que tomaba este indigno.

Ella gastó todo el charco
en escarpín de un tobillo,
y por subir más arriba,
la corriente daba brincos.

Bailar el agua delante
sólo con ella lo he visto,
mas al son de su meneo
los muertos darán respingos.

Mas hoy, de lo que en él hay,
y de cuanto en él he visto
sin los cielos de Clarinda
nada apetezco ni envidio.

Arrebócese sus baños
y cálese un papahígo,
y séquese, pues le falta
la fuente del Paraíso.

Yo considero estas cosas
cuando estoy, el susodicho,
tres años ha, sobre doce,
entre cadenas y grillos.

Aquí donde es año enero,
con remudar apellidos,
tan capona primavera
que no puede abrir un lirio.

A modo de cachidiablos
me cercan tres cahirríos
Órbigo, el Castro y Bernesga,
que son de Duero meninos.

Con mujeres en talega,
que calzan, por zapatillos,
artesas de cordobán
de los robles de estos riscos.

De Epílogo poético (1643-1645)