Ya me iba a la cena del
trabajo.
Me había arreglado:
pendientes,
maquillaje, vestido, zapatos.
Sentí tus manos
en mi vientre,
tu lengua en mi oreja,
repasando
cada pliegue, el lóbulo,
mojando
los pendientes, volviéndome
loca
al sentir el calor de
tu ardiente boca.
Cerré los ojos y
sentí como un dedo
buscaba mi coño
debajo del tanga.
Separé los muslos
para dejar la entrada
franca, y de pronto tú
de retirada.
Te hubiera matado por
dejarme mojada
pero me diste tu pecho,
y un beso. |
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