Entré en tu cuarto
como un torrente,
y te vi sin bragas haciéndote
un dedo.
Me quedé azorada
al verte en tal brete,
y al cerrar la puerta,
rauda, quedé dentro.
—¿Acaso tú
no lo has hecho?—, dijiste
Yo nunca había
visto a otra mujer en el trago.
«O te vas y me dejas
que llegue al orgasmo,
o me ayudas, que ando
a medias, si quieres».
Tenía los ojos clavados
en tu sexo,
abierto, rosado, mojado,
perfecto,
esperando unas manos.
Pero yo de rodillas
saqué mi lengua,
lamí tus jugos, chupé tus labios
soplé tu fuego,
sentí tu agua, tu calor cavernario.
—Yo nunca...—, —Ni
yo, ni yo, mujer maravilla—. |
 |