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Las limpiadoras

Cuando todos se marchan llegamos
nosotras, a limpiar la oficina a diario.
Nos cambiábamos de ropa en precario.
Tú tenías el cuerpo macizo; un regalo.

El trajín del trabajo traía sudores
que hacían brillar la piel de calores.
En el vestuario los cuerpos desnudos. 
Mezclados los ojos, las manos en nudo.

Un día, desnuda, me robaste un beso.
Yo dejé que me robases el resto,
metiendo tu mano entre mis bragas.

Te abriste de piernas para mis dedos.
Yo te metí despacio un bote de agua.
Recogí tus mares, tus ¡ayes!, tus besos.