Maridos e hijos, puñeteros,
se iban
a la playa y nos dejaban
tiradas
en casa haciendo las camas,
quitando el polvo, y en
la cocina.
Yo te veía el trajín
y te daba risas.
Me mostraba en camiseta
y bragas.
Comencé a visitarte,
a darte palabras,
a disfrutar contigo del
sol y la brisa
en un breve patio al quedaban,
de espaldas,
nuestras casas. Cada vez
con más confianza,
fuimos mostrando al sol
nuestros cuerpos
desnudos, brillantes por
cremas que daban
las manos vecinas. Manos
limpias y claras
que fueron cercándonos,
hasta el sexo. |
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