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Jugando a vestirnos

Jugando a vestirnos acabamos desnudas.
Las manos tocaron la región más profunda.
Una a una, caricia a caricia, y ninguna
perdió el ritmo de tanta fortuna.

Y luego los besos en los ricos labios,
y tras ellos los pechos, más recios,
y la mano en las nalgas, más cierto.
El cuerpo se puso más firme, más sabio.

Las piernas se abrieron y la lengua
recorrió suave la cara interna,
y vino a pararse a la puerta.

El pulgar y el índice hicieron de llave,
y dedos y lengua entraron enteros
en busca de mares que salieron presto.